Un clásico chino: XIA NÜ (A Touch of Zen, King Hu, 1971)

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Más de un espectador piensa que el cine chino de artes marciales, o wuxia, en su subgénero de acrobacias voladoras comienza con WO HU CANG LONG (Tigre y dragón, Ang Lee, 2000) y SHI MIAN MAI FU (La casa de las dagas voladoras, Zhang Yimou, 2004).

 

 

Nada más lejos de la realidad. Pues resulta que ambas bebieron copiosamente de XIA NÜ (1971), el mítico film taiwanés de King Hu, internacionalmente conocido como A Touch of Zen, pero cuya traducción más precisa al español sería La mujer paladín, y cuya reciente y rutilante restauración ha permitido comprobar que su influencia sobrepasa con creces el wuxia canónico: véase cómo la tan prestigiosa como alicaída CÌKÈ NIÈ YINNIÁNG (La asesina, Hsiao-Hsien Hou, 2015) sorbe mucho de su hálito paisajístico y copia aún más de su brillante colorido.

 

Lo cierto es que XIA NÜ, pese a la mítica que concita, se me antoja una película irregular: en el mero comienzo, se nos muestran bellos paisajes, sólo que no tan bellamente fotografiados y con la cámara algo afectada por el baile de San Vito; y al final, unos giros bastante inverosímiles alargan el film innecesariamente hasta que la película alcanza la duración bíblica de tres horas, no sin desconciertos (hay un embarazo que, tal y como está expuesta la trama, no parece durar nueve meses, sino nueve días), todo para acabar con un toque de trascendencia, versión zen, bastante impostada. Pero, por en medio, durante unas dos horas, hay una simpática película de aventuras que depara más de un espléndido momento…, aunque tampoco en el bloque fundamental sea impoluta: la afea, sobre todo al inicio, un humor demasiado pueblerino y el gesticulante Chun Shih como el protagonista Gu.

 

Así las cosas, de XIA NÜ se debe destacar en especial: su espléndida iluminación, sobre todo, en los nocturnos (en los contraluces que provocan las forestas y las celosías y en detalles como esa visera que ensombrece los ojos del malvado);

 

 

Su certero uso del color (con amarillos y rojos muy vivos para los pérfidos funcionarios imperiales, que encuentran su contrapeso en los más mate de los monjes);

 

 

 

Y su tantas veces magnífico uso del paisaje (a destacar, la huida de Yang Hui-ching con dos generales fieles atravesando un roquedal, así como el bosque de bambú que filtra la luz solar, testigo de un espectacular enfrentamiento).

 

 

 

Y hay incluso un inesperado momento poético en que la fugitiva Yang Hui-ching canta en un bello nocturno, y la cámara la asocia, mediante tres panorámicas consecutivas, con la luna llena: primero, con el reflejo en un charco, luego, en el estanque, y finalmente, con el mismo astro que luce en el cielo. (Vídeo al final del artículo)

 

 

Pero lo que, evidentemente, más sobresale de esta película, cabe suponer que la madre de todas las wuxia voladoras, son las peleas. Es mérito de Hu el haberlas sabido dosificar con acierto y, sobre todo, el haber preparado al espectador con sabiduría para esas increíbles piruetas marciales que desafían todas las leyes físicas y biológicas.

 

El primer desliz de la película llega, en realidad, más bien tarde, cuando Hui-ching se oculta de su perseguidor, Ouyang Nian, y una panorámica descubre que se ha subido al techo y está ahí, aferrada a lo largo, como una salamanquesa.

 

Luego, tras la noche de amor entre Hui-ching y Gu, llega la pelea ante los atónitos ojos del joven entre la aristócrata, que se revela como una consumada guerrera, y su antagonista Ouyang. Es este en mi opinión el momento cumbre de la película, pues las inverosímiles acrobacias del combate, vistas por primera vez en el film, se muestran al pasmado espectador rigurosamente mediante el punto de vista del aturdido Gu, con el que se identifica totalmente, de forma que esta lid se desarrolla, al principio, en planos próximos, muchas veces con la vegetación interpuesta, para ir, poco a poco, conforme los combatientes se alejan del observador, continuando en las murallas del fuerte en grandes planos generales y, finalmente, desvanecerse en la profundidad del bosque, como si fuera una mera alucinación; pues, por más que corre Gu, los saltos y cabriolas de los contendientes son sobrehumanos y la visión de una telaraña que parece simbolizar el mal acaba con sus menguadas fuerzas. (Vídeo al final del artículo)

 

 

Por supuesto, quedan más momentos brillantes: la espectacular pelea en el bosque de bambú, donde los combatientes ya no es que salten y corran como saltamontes o berrendos, sino que prácticamente vuelan… o, cuando menos, planean;

 

 

La larga pelea nocturna en el fuerte contra el ejército de los enviados imperiales, donde los héroes hacen uso de una estratagema que involucra a supuestos fantasmas; la mañana siguiente a la pelea, donde Gu se regocija a carcajadas por el éxito de su estrategia, recorriendo todas las trampas “fantasmales”, para finalmente darse cuenta de que está solo y de que todos los demás han muerto, salvo Hui-ching y el general Shih, que han desaparecido.

 

 

Lástima que, después de este logrado clímax, Hu, también guionista, alargue la película innecesariamente, como si fuera una de estas películas de hogaño que se estiran más que un chicle, y, so excusa de los monjes, busque una forzada trascendencia budista que no pega ni con calzador en una película que, en sus dos primeras horas, era un muy digno ejemplar de cine de aventuras. No más…, pero tampoco menos.

 

 

 

1º Escena: Escena del canto de luna.

2º Escena: Escena pelea entre la aristócrata y su antagonista.

Xia Nu