Reflexiones sobre el cine de Samuel Fuller: CHINA GATE (1957).

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De todos los cineastas americanos agrupados bajo el epígrafe de generación de la violencia, el más mítico es, sin duda, Nicholas Ray…, aunque no el más grande, honor que, si excluimos a Anthony Mann, nacido en la década anterior a sus colegas, debe recaer en Samuel Fuller.

 

Volver a ver una película de Fuller es siempre un sumo placer, por su gran inventiva visual, por su arrojo discursivo, así como por su narrativa y estilo impetuosos; unas virtudes que llevan a plantear que, hoy en día, cuando el cine se ha vuelto tan académico y previsible, tan acogotado por las buenas formas (en ambos sentidos de la palabra), convendría proyectarles a cada uno de los cineastas en activo la obra enterita, o casi, del tío Sam. Véase, si no, CHINA GATE (1957), que si no es una de sus mejores películas, que son muchas, poco le falta.

 

Sea como sea, este soberbio film es uno de los más representativos de su autor, por cuanto en él confluyen con especial limpieza muchas de sus tendencias y formas características, como su gran energía y el flirteo con el musical, por un lado, o los planos secuencia, por otro. Una visión desprejuiciada del cine de Fuller, y en particular de CHINA GATE, lleva al anonadamiento ante las consideraciones peyorativas que la crítica le solía endilgar cuando aún era un director célebre: en especial, ultraderechista, racista y violento.

 

 

1.- Ultraderechista. En realidad, las películas del cineasta traslucen claramente un temperamento liberal; o mejor, libertario. Ciertamente, Fuller no era un progresista, pero no por reaccionarismo, sino por su oscura visión de la existencia: digamos, si para el idealista Mann una manzana podrida siempre puede recuperar la sazón con fuerza de voluntad, para el escéptico Fuller lo más probable es que se descomponga sin remisión. Sin duda, era un anticomunista furibundo (lo corroboran CHINA GATE y PICK UP ON SOUTH STREET [1953]), aunque no tanto por su nacionalidad americana, como por sus inmediatas raíces ruso judías; pero, sobre todo, debido a su oposición a los totalitarismos de cualquier signo. De hecho, era también un antifascista convencido, hasta el punto de no comedirse nada en absoluto, sin preocuparse por contemporizar con nadie, para denunciar a prácticamente todo un pueblo por el ascenso nazi, como hizo con los repelentes alemanes de a pie en la magnífica VERBOTEN! (1958).

 

Y es que el gran cineasta prefería mirar la realidad sin filtros ideológicos ni sentimentales, a veces con su típica sinceridad rayando en la brutalidad. Fuller director y guionista, era, pues, un autor sin pelos en la lengua, cuya sinceridad podía tener el efecto de una pedrada. Como breve ilustración, he aquí unos inolvidables diálogos provenientes de ese momento de CHINA GATE en que el pelotón observa a un soldado herido letalmente:

 

 - ¿A qué esperáis? Marchaos.

 - Tenemos que esperar.

 - ¿Por qué?

 - No podemos enterrarte vivo.

 - No me gusta que me vean morir.

 - Tampoco es de nuestro gusto.

Aparte, décadas antes de que esto fuera consigna política, Fuller consiguió la igualdad femenina cinematográfica, no sólo dándoles los papeles de protagonista a actrices en géneros tradicionalmente masculinos (Angie Dickinson en el bélico CHINA GATE, Barbara Stanwyck en el western FORTY GUNS [1957], Constance Towers en el noir THE NAKED KISS [1964]), sino también llevando a su máxima expresión la línea trazada por Walsh, delineando caracteres femeninos fuertes e independientes, aunque sin hacerles perder nunca su femineidad…, ni su erotismo.

Es, de nuevo, modélica al respecto CHINA GATE, con su inolvidable Lucky Legs, ya desde su sensual presentación con la cámara recorriéndole esas piernas que cortan el hipo (natural: es Angie Dickinson).

 

2.- Racista. El más alucinante de los reproches que sufrió el cineasta periodista. No hay en todo el cine americano, y menos aún en la era de los estudios, otro director donde las minorías raciales tengan de forma constante papeles tan relevantes (véanse el soldado negro de Nat King Cole, la mestiza de Angie Dickinson y su hijo cuarterón en CHINA GATE); y aun menos, ninguno con tantas parejas interraciales: oriental-europeo, indio-europeo; aunque nunca negro-blanco, seguramente porque en su época de esplendor ningún estudio se habría atrevido a financiar una película así. De hecho, las relaciones de pareja le sirvieron a Fuller para elaborar el discurso más constante sobre el racismo que ha conocido el mejor cine americano: CHINA GATE, pero también THE HOUSE OF BAMBOO (1955) y THE CRIMSON KIMONO (1959); o, bajo otras premisas, SHOCK CORRIDOR (1963) y WHITE DOG (1982).

 

3.- Violento. El único de los tres epítetos que puede aplicarse a Fuller, pero ni mucho menos como un defecto (cualidad que, curiosamente, nadie o casi nadie les ha reprochado a directores tan fascinados por la violencia gratuita como Peckinpah o Tarantino, los cuales, más que rozar su apología, caen directamente en ella). Empero, que el ruso americano muestre la violencia sin tapujos, no significa que lo haga con condescendencia, pues más bien comparte con Lang la certeza de que es un rasgo consustancial al ser humano; sólo que, mientras en el cineasta vienés suele caber la duda de si su origen es natural o social, en Fuller es un atavismo ineludible que, en cualquier momento y en cualquier persona, taimada u honesta, íntegra o traicionera, puede estallar.

Creo que nadie que haya visto sus películas puede olvidar el feroz salto de James Best sobre el agitador nazi de VERBOTEN!, la mano del vengativo Tolly Devlin estrujando la almohada en UNDERWORLD USA (1961) o la pelea en la imprenta de PARK ROW (1952); no digamos ya la paliza a Jean Peters en PICK UP ON SOUTH STREET ¡en plano secuencia!, o la no menos impresionante que abre THE NAKED KISS. Este concepto de la violencia humana se contagia incluso a la naturaleza (el sorpresivo tornado de FORTY GUNS) y, sobre todo, a la estructura formal del cine de su autor, cuya apariencia a veces desmañada, reflejo de la impetuosidad de los personajes y de la urgencia de sus pasiones, propulsa las rupturas de tono y los momentos incontrolables en los que ya no se puede pensar, sino simplemente actuar. En CHINA GATE, por ejemplo, la repentina decisión de Lucky Legs de sacrificar su vida viene mostrada no sólo por su inesperado acto de arrojar al vacío al líder comunista, sino por el inolvidable y enérgico travelling que la precede, casi atrayéndola como un imán, para detonar la carga de explosivos que hará volar por los aires el arsenal enemigo, registrando la cámara de frente su expresión demudada que lo dice todo (grandísima Angie Dickinson), sin necesidad de páginas enteras de diálogo que nos aclaren artificialmente su estado de ánimo y sin una sola pausa en su fatídica y heroica carrera.

No hay suicidio más amargo, heroico… ni viril en toda la historia del cine.