La leyenda del talibán errante: ESSENTIAL KILLING (Jerzy Skolimowski, 2010).

Tiempo de lectura: 4 mins

ESSENTIAL KILLING es una película prematuramente envejecida, de esas, de ahora y de siempre, que pretenden epatar al espectador so excusa de un tema de candente actualidad.

 

Los problemas con ESSENTIAL KILLING comienzan con su misma trama y el enfoque que se le da: en esencia, la huida de un prisionero afgano en una Europa invernal y nevada, mostrada desde la perspectiva del fugitivo. Lo cierto es que para que semejante apuesta resultara efectiva se necesitaba una mínima identificación del malvado islamista con el espectador, pero el film, al principio, pasa esto por alto y, cuando ya lo intenta, fracasa estrepitosamente. Hitchcock era un maestro en las identificaciones perversas (paradigmáticos son el Bruno Anthony de STRANGERS ON A TRAIN y el Norman Bates de PSYCHO) porque, entre otras cosas menos evidentes, siempre mostraba, lo primero de todo, el lado amable y simpático de sus villanos; las turbiedades del alma venían después… Pero los responsables de ESSENTIAL KILLING se lo ponen muy difícil al espectador, ya que lo primero que vemos del afgano de marras es cómo hace saltar por los aires con una bazuca a tres soldados yanquis en incontables pedacitos;

y más tarde, asistimos resignados a cómo se dedica a aniquilar, pasito a pasito, a todo bicho viviente que se le cruce por el camino.

Alucinantemente, el film no renuncia a la imposible identificación, al intentar insuflarle un poco de humanidad a tan vomitivo protagonista, añadiendo abundantes primeros planos del “angelito” en plan sufriente e insertando unos flash-backs, recuerdos y alucinaciones que parecen apuntar someramente tanto a sus motivaciones como a la idea de que él también tiene sus sentimientos. Infructuosa tentativa.

Y duda retórica (porque la respuesta es evidente): en este mundo de lo selectivamente correcto, ¿habrían tenido huevos sus polacos responsables de mostrar con la misma comprensión a un nazi? Así las cosas, la odisea del talibán andariego se limita a un mero ejercicio de estilo (por decir algo), al que se asiste con indiferencia y tedio a partes iguales, ya que uno, al menos el que esto escribe, está deseando que atrapen a semejante elemento de una vez por todas.

 

   

Por si fuera poco, el guión abunda en incongruencias, de esas tan típicas de hogaño, que fuerzan la situación una vez tras otra hasta extremos increíbles; todo, para que el fugitivo se salga siempre con la suya: unos soldados, tontos de capirote, oyen música atronadora a todo volumen en un jeep, y el que baja a hablar por el móvil tiene la mirada pegada al cristal, para que ninguno se aperciba del prófugo; los mandos americanos dan orden hasta decir basta de no disparar al talibán, pese a que el musulmán hace una escabechina por donde quiera que pasa; un perro más manso que un cordero aparece oportunamente en medio de la nada para que el perseguido pueda despistar a sus rastreadores; nadie grita pidiendo auxilio cuando le aparece el sanguinario; y así sucesivamente, hasta llegar a esa aldeana convenientemente sordomuda para que no le suelte prenda a la policía (y para que la interprete la francesa Seigner, que supongo que no sabrá polaco); ¡si hasta le da un caballo al fugitivo, toda generosa, para que prosiga con su huida!; y, encima, ¡resulta que el afgano sabe montar! Desde luego, los tres guionistas, ¡tres!. no se devanaron mucho los sesos.

 

Para más inri, esta es una de esas arquetípicas películas pensadas no tanto para mostrar las dotes interpretativas del actor protagonista (Vincent Gallo no pasará a la historia del cine, desde luego), sino para hacer alarde de sus dotes de sacrificio…, o simplemente masoquismo. Así, Gallo, porque se lo exige el guión (como sucedía en los tiempos del destape, vamos), camina descalzo por la nieve y se reboza de ella, se pega un chapuzón tras una caída estilo “splash mountain” en una poza helada (¡y no se congela!), come hormigas y pescado crudo (sin encurtir), y lindezas por el estilo.

El director incluso llega a arruinar la única idea visual decente de todo el film, la del caballo blanco manchado por la sangre roja del fugitivo, por su gratuita querencia al sensacionalismo, al mostrar en cámara varias vomitonas rojas, incluso en inserto, no vaya a ser que a algún lerdo espectador le surja la duda. Uno añora a Bresson y piensa cuánta razón tenía al asegurar que la poesía se cuela por las suturas…

Tantos son los despropósitos de esta infausta ESSENTIAL KILLING que, cuando en el último plano aparece el caballo blanco sin jinete, uno respira aliviado porque, por fin, se ha muerto el talibán…, y porque, al fin, se ha acabado la película.

 

Los títulos de crédito aseguran que la dirigió Jerzy Skolimowski, antaño firmante de DEEP END (1970), MOONLIGHTING (Trabajo clandestino, 1982), THE LIGHTSHIP (El buque faro, 1985), incluso de CZTERY NOCE Z ANNA (Cuatro noches con Anna, 2008). Yo no sé si creérmelo.